domingo, 26 de mayo de 2013

CIRCULAR POR EL ARROYO GUADALORA Y HORNACHUELOS

Ruta realizada el 27 Abril 2013.

Fuimos Pilar, Juan José, Conchi, Pepe, Espino, Eugenio, Mª José, Fernando (como nuevo invitado del grupo) y yo, Antonio, el que les escribe.

Procedentes de Peñaflor, nos desviamos por la carretera comarcal que nos lleva hacia Hornachuelos y, justo en la bifurcación, donde una rama tira  para el pueblo y la otra para el embalse del Retortillo, tomamos por esta última y dejamos los coches a la altura del Km 12, donde se produce un ensanchamiento y hay postes indicativos con direcciones de senderos.

Todos con mochilas a la espalda (una más grande con diferencia sobre las demás) y botas de montaña en los pies, iniciamos nuestra ruta.

Comenzamos a caminar al lado de la orilla del arroyo Guadalora por un senderillo perfectamente dibujado y marcado, entre un mar multicolor de hierbas verdes de diferentes tonalidades y  flores de todo tipo y colores. Impresionante cómo la naturaleza emerge con fuerza tras este mes tan lluvioso.



El arroyo que quedaba a nuestro lado, con aguas cristalinas, también dejaba huella  de la fuerza que la naturaleza impone cuando se vuelve salvaje dejando multitud de raíces de árboles al descubierto, ramas y troncos apilados en diferentes zonas. Esto mismo, lo vimos en muchos puntos del recorrido.




Caminábamos en algunos tramos casi por un bosque de galería y tuvimos que pasar pequeños aportes de agua que alimentaban al Guadalora. Flores de formas y colores diversas.



Llegamos a un cruce de caminos atravesando el que se dirigía hacia el Pingarillo, prácticamente al lado de la carretera, ya que, hasta este punto, nos movíamos entre el arroyo y la carretera, paralelamente a ambos y, muy próximos a los dos.



Continuamos así durante otro tramo más pero, cada vez, nos íbamos separando paulatinamente de la calzada. Nos encontrábamos cerca de las Zahurdas del Batanejo, cortijo en ruinas.



Tras algunos otros cruces de pequeños arroyos nos encontramos con una gran explanada y, en su fondo, unos carteles. Uno,  indicaba el final del sendero del Águila porque transitábamos por el Cordel del Águila y, otro, señalaba la dirección para realizar el sendero del Guadalora a pocos metros de allí.









Lo que vimos en primer lugar fue un hermoso puente de varios ojos, llamado puente de Algeciras, por el que discurría el Guadalora, con cierta fuerza, provocando unas atractivas caídas de agua. Allí mismo, debajo del puente prácticamente, realizamos nuestro “segundo desayuno”, por supuesto, alentados por los insaciables hambrientos perennes del grupo.


Tras reponer fuerzas, si es que las habíamos gastado, subimos a la carretera que pasaba por el puente, lo atravesamos longitudinalmente y giramos inmediatamente a nuestra derecha. 



Una vez cruzado completamente por una cancela, vimos un cartel informativo que nos daba todos los detalles del sendero Guadalora: Longitud, tiempo estimado para su realización, grado de dificultad …


Nada más entrar nos encontramos, a nuestra izquierda, con una especie de vaciado en la pared, como una antigua pequeña cantera que le había comido parte a la ladera y, acto seguido, de nuevo estuvimos en la orilla del arroyo.




Aguas poco profundas pero de una transparencia exagerada en un tramo donde el arroyo se ensanchaba creando una amplia superficie de agua con todo su fondo repleto de cantos rodados.


Lo seguimos y descubrimos bellos rincones con saltos de agua y pozas más profundas donde la transparencia se tornaba más verdosa.


Fuimos testigos de los niveles de las aguas en fechas pasadas con ramas enganchadas a cotas más altas que el nivel actual. Pasábamos de una orilla a la otra aprovechando los caos de bloques de piedras y contemplamos multitud de ramas y troncos apiladas en muchas zonas. Nos podíamos imaginar la fuerza tremenda de las aguas.






Localizamos nuestras primeras peonias de esta temporada. Flores preciosas aunque tengo entendido que venenosas.



Seguimos caminando por el curso del río descubriendo parajes preciosos, isletas formadas en el mismo curso, vegetación de ribera y, todo ello, mezclado con la exuberante vegetación con sus coloridas flores que no nos abandonaron en ningún instante.






Llegamos a un tramo del arroyo donde decidimos comer. Se trataba de un lugar muy singular!! Era como una especie de isla pero, toda ella, era la masa de raíces de un árbol. Utilizando las rocas y raíces cruzamos el cauce y, en este lugar, tomamos los asientos más cómodos que localizamos y nos dimos un buen banquete.


Recuerdo que mientras comíamos no dejaron de pasar senderistas, en fila india y casi interminable, como si se hubieran bajado de varios autobuses a la vez. Fue algo sorprendente y a la vez algo incómodo, pues éramos el objetivo de todas sus miradas.

Con los estómagos llenos, cruzamos a la orilla contraria para dejar, de una vez, el curso del arroyo que tantas vistas hermosas nos había regalado, aunque antes de separarnos definitivamente de sus márgenes, exploramos unas ruinas de un molino en las que se veían perfectamente sus elementos. Eso sí, protegidos por mallas y vallas aunque, totalmente cubierto por vegetación.






Justo en el cruce con el arroyo de la Paloma, último aporte del Guadalora en nuestro sendero, es donde definitivamente nos alejamos del curso para enfrentarnos con la máxima pendiente del recorrido que, mediante diferentes zigzag, se vencía y suavizaba, en parte.



Arriba nos encontramos con otro cartel de la Junta con la vista panorámica de Guadalora Norte.


Proseguimos dejando a nuestra derecha un murete de piedra que nos condujo a otra cancela donde un cartel indicaba que el sendero permanecería cerrado de Junio a Septiembre por riesgos de incendios y que haría falta permiso.



De repente nos encontramos en una zona completamente diferente a la anterior, en un amplio olivar cuyos árboles eran regados mediante la técnica del goteo. Un campo con multitud de líneas negras paralelas que eran los tubos de riego.


Pronto llegamos a nuestro siguiente objetivo, la fuente del Conejo, lugar completamente abarrotado de vegetación y, que tenía a su lado el nacimiento de una amplia laguna. En sus márgenes algunos árboles, como una higuera que vimos, vencían la gravedad burlándose de ella.






Continuamos nuestra andadura por caminos flanqueados por campos de cultivos con sus vallas limítrofes. En algunas partes se observaba que el manto de tierra fértil era muy delgado, dejando a veces al aire la roca porosa con multitud de oquedades que existía debajo.



No he visto tanta amapola junta desde hace años.


Llegamos a un cruce o encuentro de caminos y tomamos las direcciones del área recreativa “Fuente del Valle” y la del centro de visitantes “Huerta del Rey”. Junto a esos postes indicativos había clavada en el suelo una barrena en espiral de las que se usan para perforar la tierra en busca de agua.


Seguíamos entre olivares y campos de cultivo, pasamos por uno de trigo que aún permanecía verde. Se trataba del Cordel de las Herrerías.




Luego pasamos por un alcornocal y localizamos la primera calera de las varias que nos fuimos encontrando. 


En esta ocasión se trataba de la calera de San Antonio o, así indicaba el cartel informativo.


De repente nos encontramos con lo inesperado!! No sé si se trataba de pistas de competición de vehículos motorizados, de discotecas al aire libre o de bares de régimen abierto. El caso es que pasamos por una “zona de movida” donde los jóvenes de los pueblos cercanos venían a beber como cosacos, bailar y escuchar música, si es que se le puede llamar así, poniéndola a toda leche ¡! Para mí este tramo perdió todo el encanto, había que estar preocupados por los vehículos que pasaban al lado, por si hacían tonterías como derrapes o cualquier otra gilipollez….

Aunque todos nos queríamos ir de allí lo más rápido posible cierto era que llevábamos bastantes kilómetros encima y con un sol de justicia, así que decidimos echarnos unas fotos frente a la ermita de San Abundio y aprovechar un bar montado para la ocasión. Nos enteramos que al día siguiente había una especie de romería, por eso se explica y se “justifica” que fuesen calentando motores los que estaban allí. Nos tomarnos una cerveza reponedora de sales minerales y proseguimos dispuestos a enfrentarnos con el final del recorrido.


El tiempo justo de bebérnosla y a tirar millas.

De nuevo por un sendero-carril, entre arbustos y matas de mediano porte, nos devolvió la vida, de nuevo, el contacto con lo que nos atrae y nos gusta, la naturaleza .


Pasamos junto a casas de campo o cortijos por otras caleras como la de los Chaparros y, entre jaras, fuimos llegando al pueblo de Hornachuelos.





Conectamos por la avenida de San Calixto a la altura de un cartel que indicaba el sendero Hornachuelos La Puebla de los Infantes. Aquí se nos quedó nuestra compañera Pilar, que dijo que ella ya no andaba ni un metro más. Tomamos esa dirección de momento y subimos las escaleras que bordean una curiosa edificación donde han hecho algunas cuevas o cobijos excavados en la pared de forma artificial. Da la impresión de que se tratase de un complejo turístico o de restauración.


Cogemos algunas calles del extrarradio del pueblo y, dejándolo a nuestra espalda, continuamos nuestra marcha por una vasta superficie llana, pasando junto a casas aisladas y caminando por un carril de tierra que, más adelante, se transforma en firme rocoso plano. Si no me equivoco íbamos por el camino de las Escolanías.



Llegamos a la altura de nuestro siguiente desvío donde unos carteles indicaban, junto con el chalet que hacía de esquina, la dirección del mirador del Águila hacia donde tomamos.


Ahora caminábamos paralelos a un vallado que limitaba un campo de árboles de cítricos y que nos internaba de nuevo en una zona arbolada de quercus.

El sendero se empezaba a hacer largo y el cansancio comenzaba a hacer mella.



Alcanzamos la fuente del Puerco pero, antes, vimos  otra calera y, tras una pequeña subida, logramos llegar al mirador del Águila desde el que se veía que aún nos quedaba terreno por recorrer y, lo que es peor, se divisaba un sube y baja rompepiernas como final  del largo trayecto recorrido que, además, iba a tener como guinda final un terreno resbaladizo de piedrecitas sueltas con pendientes acentuadas.



Pero no nos quedaba otra, si queríamos alcanzar de nuevo los coches había que ir subiendo y bajando las diferentes lomas, algunas con acentuada pendiente, principalmente, de bajada que, a más de uno, le pusieron las cosas difíciles, terminando un largo recorrido con una gran tensión.






Recuerdo que llegamos a pasar un último aporte de agua, un pequeño arroyo, y una última loma desde cuya parte superior por fin vimos la carretera que ansiábamos. Sólo quedó bajarla, llegar hasta la misma carretera y, justo enfrente, estaban nuestros vehículos.








Tras el cambio de calzado y algo de ropa, nos montamos en nuestros vehículos. Dos de ellos se dirigieron hacia el pueblo de Hornachuelos para recoger a Pilar y el tercero, el mío, con Fernando y Mª José, nos separamos de los anteriores para ir directamente hacia Sevilla donde la mujer de Fernando esperaba su pronta vuelta.

DATOS DE INTERÉS DE LA RUTA:




Si quieres descargar el track de la ruta, pincha sobre el siguiente enlace:

2 comentarios :

  1. Preciosa ruta Antonio, seguimos tus rutas de cerca y con mucho interés, gracias por difundirlas. Saludos

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  2. Gracias Carlos, la verdad es que mereció la pena hacerla, y sobre todo en ese momento tan maravilloso y explosivo en que estaba la sierra.
    Esa es la idea, tomar datos e información de tu blog "Senderismo Carlos y Petra", que tengo en favoritos en el navegador, del de otros compañeros y de compartir el mío.
    Un saludo.

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