sábado, 7 de febrero de 2015

Circular por tres canutos (Parroso, Agua y Talavera) más la piedra Orá. Los Alcornocales

Ruta realizada el día 31 de Mayo del 2.014

Fuimos Patxi, Juan José y yo, Antonio, a descubrir una zona desconocida para nosotros, pero con muchísima información del lugar a través de internet y con muchas cosas por descubrir y alcanzar.

Desde Sevilla, fuimos hacia Jerez y, por la autovía del Toro, pasada la cola del embalse de Barbate, nos salimos por la segunda salida que nos llevaría a Benalup Casas Viejas, pero tiramos en sentido contrario, pasando por debajo de la autovía y dirigiéndonos hacia la finca Murta situada en la sierra de nombre homónimo.

Parece que los Alcornocales nos ponen demasiadas pegas últimamente. En esta ocasión la carretera de servicio que nos llevaría hacia el comienzo de nuestro itinerario, estaba cortada con una valla que la obstaculizaba. Sólo algún todo terreno alto, podría evitarla metiéndose por el lateral pero, a nosotros, nos impidió el paso completamente.


Parece ser, que la carretera se estaba levantando por varios puntos. ¡! Mejor vallarla, que arreglarla ¡!
Ante este infortunio, no tuvimos otro remedio que aparcar lo mejor posible junto al parapeto y caminar siguiendo la valla, hasta llegar al inicio de nuestra ruta.

Con mochilas a la espalda y botas de montaña en los pies, nos propusimos caminar por el asfalto sin sufrir merma alguna en nuestro ánimo. Se trataba de algo más de dos kilómetros por pista, que a la vuelta deberíamos repetir, paralelos a la autovía y de perfil ondulado, pero no nos quedaba otro remedio si queríamos realizar esta excursión.

Luego descubrimos que, a lo mejor, saliendo por la primera salida, igual conectábamos con el punto de inicio del recorrido. Pero eso ya lo investigaríamos en otro momento.

El comienzo del recorrido disponía de una enorme cancela con multitud de carteles de advertencias y prohibiciones. Una vez superada esta, nos encontramos con una serpiente pequeña; parecía una víbora, pero no lo llegamos a tener claro del todo.




Nos recibió con unas extensiones, relativamente amplias, a ambos lados del carril, ya de tierra. Era de zona llana y despejada de árboles, al menos muy diseminados, donde había ganado vacuno; vacas con sus terneritos y, algunos, de pocos días.


Sin embargo, todo lo que nos rodeaba era puro espesor verde. Multitud de árboles luchando por ocupar los espacios, pegados los unos a los otros. Cierto es que Los Alcornocales es un pequeño pulmón andaluz que deberíamos mimar y cuidar e intentar que perdure el máximo tiempo posible.


Nos llamó la atención un entorno rocoso con bastantes oquedades hacia el Norte, dirección al Cerro del Lísano. De momento, preferimos seguir el trazado proyectado siguiendo el carril pero, cuando éste realizaba una amplia curva a 180º, lo dejamos para continuar ya por sendero. Previamente tuvimos que sortear el arroyo del Parroso, el cual formaba el primer canuto que íbamos a recorrer, caminando próximos y paralelos a su curso.

Antes de internarnos de lleno en el canuto, observamos una enorme ladera pétrea inclinada, difícil de dejar de lado sin más, así que, a ella nos fuimos atraídos como abejas a la miel, La subimos y estuvimos bicheando sus rincones en busca de posibles “pinturas rupestres” que no encontramos, pero mereció la pena. Se trató de un rato divertido.





El sendero, ancho al principio, nos internaba en un espeso bosque de alcornoques, la mayoría con la huella del descorche y la poca agua que llevaba el arroyo que discurría junto a nosotros.





Caminamos alrededor de un kilómetro y medio, siguiendo el curso por la Garganta del Parroso, hasta que decidimos apartarnos de él, subiendo en fuerte desnivel, la ladera del cercano cerro del Alisarejo. 

Suelo tapizado completamente por hojas secas de alcornoques, que cubrían toda la superficie por donde pisábamos.

Próximos a alcanzar la coronación de la cresta que unía el Alto de las Presillas con el cerro del Alisarejo, nos encontramos con pequeñas superficies de terreno, despejadas de árboles y plagadas de alta hierbas y en ocasiones de arbustos de mediano porte, por supuesto, flanqueadas por la omnipresente arboleda.


Ya sobre la misma cresta, nos encontrábamos sobre un cortafuegos, donde sólo se conservaban pequeñas plantas aisladas que, o no quisieron ser arrancadas por las maquinarias por aferrarse a la vida o, sencillamente, salieron después.




Contactamos con otro carril donde aprovechamos, a la sombra de un alcornoque, pues no podía ser de otra forma, para picar algo y descansar un rato.

Observando a posteriori el plano del IGN, comprobé que se unía con el que tomamos en nuestro inicio, tras muchísimas revueltas.

Anduvimos por la suave crestería del cerro anterior, dirección Sur, hasta que conectamos, algo más tarde, con este nuevo carril que nos llevó hacia la parte más elevada de la Loma del Parroso pasando, previamente, la zona denominada Cabeza del Lobo donde nos entretuvimos subiendo a un atrayente y pequeño peñón rocoso.




Cuando, sobre este carril, alcanzamos la anterior loma, descubrimos otra cueva sobre arenisca que, a bote pronto, tenía muchas papeletas de albergar las tan ansiadas pinturas pero, de nuevo, no encontramos nada, aunque esas oquedades dieron mucho juego y lo pasamos como niños.





Desde lo alto, divisamos un cortijo, junto al carril principal del inicio de la ruta, por donde deberíamos pasar.


Dejamos el carril que traíamos para bajar y conectar con el principal, por la zona del Tajo del Inglés, campo a través. Pronto conectamos y, a la vez, pasamos junto al cortijo, donde había tres trabajadores con los caballos que se quedaron algo atónitos. Pensarían … “de donde han salido estos”??.




Otra vez sobre el carril, nos vimos caminando, en esta ocasión bordeando el Cerro del Lobo, para dirigirnos hacia nuestro segundo canuto, el formado por la Garganta del Agua.

Dejamos el carril justo en el puente donde salvaba el curso fluvial de la Garganta, donde marcaba una cerrada curva, continuando con la misma dirección pero por sendero.



La vegetación era más diversa. Árboles de otras especies junto con un tupido matorral donde destacaba, por su abundancia, el brezo.


Seguimos el curso de la Garganta del Agua, a veces junto a ella y, a veces, por ella, salvando todos los obstáculos que nos íbamos encontrando (piedras y troncos caídos sobre el sendero) y, en ocasiones, nos encontrábamos con aportes ferrosos que se sumaban al poco caudal que llevaba.






Entre una alternancia de claros y oscuros fuimos avanzando hasta que, llegando a las cercanías de la formación de la Garganta, la abandonamos subiendo una corta pendiente para terminar sobre el mismo carril que conectamos cuando subimos al cerro del Alisarejo, en otro punto diferente pero, en esta ocasión, hacia el otro sentido.




Sobre el carril, caminamos próximos a la Loma de la Clarita. Dejamos de lado al Cerro del Cardo y antes de llegar al Cerro de los Monteses, nos desviamos del mismo para gozar del plato fuerte de la ruta, la piedra Orá; Un espléndido arco de piedra que se ha conservado en el paso de los años y que, la erosión, a tallado con paciencia.

Ubicado en una zona difícil de localizar. si no fuese por las nuevas tecnologías que nos guían a los lugares más insospechados y que no nos permiten perdernos en ningún momento, quizás no lo hubiésemos encontrado.

Allí comimos y fotografiamos, desde todos los puntos de vistas posibles, esta belleza natural, para mí, mucho más bella que esas ansiadas pinturas que escudriñamos por todos los rincones de este recorrido.






Tras gozar de esta maravilla, emprendimos el itinerario continuando por el carril, que de vez en cuando atrochábamos, hasta que lo abandonamos para meternos en nuestro tercer canuto, el Arroyo de Talavera.

Este arroyo era afluente de la Garganta del Agua con lo que, cuando lo culmináramos, cerraríamos una especie de maltrecho recorrido, “o” de recorrido circular, que terminaría sobre el puente que abandonamos para tomar la Garganta y repetiríamos el trozo de carril comprendido entre el puente y el cortijo de los trabajadores con los caballos. Pero, de momento, continuaré con el relato.

Todas las Lomas divisorias de esta zona que recorríamos parecían ser cortafuegos, lo que pasa es que la que unía cerro del Cardo con el de los Monteses, disponía de una doble valla (una nueva y otra vieja) que, por desgracia, nos extrañamos en tardar de encontrar.



El tercer canuto fue el más corto pero el más salvaje. Mucho matorral, tipo brezo, por el que había que pasar apartando sus ramas. Aquí eché mano de unas gafas transparentes que tengo para estas ocasiones, para impedir que alguna rama tensada y soltada inconscientemente por tus compañeros, te pegue de lleno en los ojos.








Después alcanzamos la parte rocosa del curso con algunos desniveles a salvar, suelos laterales tapizados de helechos y los árboles con musgo y líquenes, además del suelo completamente cubierto de hojas secas.

Poco a poco fuimos realizando todo su recorrido hasta, que de repente, vimos el tramo del carril donde estaba situado el puente que salvaba al arroyo, desde cierta altura, y sólo nos quedó bajar hacia él.




Una vez en el carril, caminamos hasta alcanzar el puente sobre la Garganta del Agua, con lo que llegamos al punto que comenté antes.

El resto del recorrido fue por el carril, el que tomamos al inicio de la ruta, pero por el tramo que no realizamos a la ida. Buscamos sin encontrarla, la Fuente del Ángel, que venía marcada en los mapas y, en un corto espacio de tiempo, conectamos con el punto donde abandonamos el carril al inicio de nuestro itinerario.




Sólo nos quedaba realizar el corto trayecto hasta la cancela de entrada del recorrido (unos ochocientos metros) pero, como íbamos bien de tiempo, nos dirigimos hacia los cobijos que vimos a la ida.

Estuvimos escudriñando todas sus oquedades, explorando todos sus rincones, buscando posibles pinturas, …. en definitiva, disfrutando de este magnífico entorno.











Una vez saciada nuestra curiosidad, emprendimos el regreso teniendo que terminar con los dos feos kilómetros de asfalto.


Cambio de botas y alguna prenda, además de retirarnos algunas garrapatas de los pantalones, y vuelta a Sevilla para tomarnos unas cervezas y tapas reponedoras en la Moguela, en Tomares.


DATOS DE INTERÉS DE LA RUTA:




Si quieres el track de la ruta, pincha en el siguiente enlace:

2 comentarios :

  1. Me encanta esa zona. Os conozco, de ver el blog de Los Falsos Llanos.
    Es cierto que la carretera se puede evitar, si te sales de la autovía en la salida anterior, viniendo de Sevilla, solo que tienes que hacer más kilómetros por la vía de servicio, pero evitas ese pateo de conglomerado tedioso.
    Un saludo.

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  2. Hola Franeto, gracias por confirmar nuestra conjetura

    Un saludo

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