viernes, 13 de febrero de 2015

Circular por los Alayos de Dílar. Sierra Nevada

Ruta realizada el día 7 de Junio del 2.014.

Fuimos Patxi, Juan José y yo, Antonio.

Procedentes de Sevilla, llegamos a la circunvalación de Granada, tiramos dirección a Motril y nos salimos por el desvío hacia Otura, para continuar hacia el pueblo de Dílar.

Una vez allí, atravesamos la población por una carretera asfaltada, no recuerdo si también hormigonada, dirección a la central eléctrica llamada Nuestra Señora de las Angustias donde, una barrera, cortaba el paso a los vehículos motorizados. Antes de esto, dejamos el coche en una explanada habilitada como aparcamiento, junto a un área recreativa y al chiringuito o merendero “Los Alayos” que, a la vuelta de la ruta, fue “nuestra salvación” junto al caudaloso, fresco y transparente río Dílar.


Con mochilas a la espalda y botas de montaña en los pies, iniciamos esta ruta caminando en sentido Sur, perpendicular al camino que nos llevaría a la central eléctrica.

Se trataba de un carril de tierra que pasaba junto a la Casa Forestal  y una acequia colmatada de agua.


Caminábamos rodeados de altos pinos que nos envolvían durante todo el ascenso.



De haberlo seguido en su totalidad, nos hubiese llevado al refugio Ermita Vieja para, más tarde, unirse a la carretera que nos llevaría a Aguadero, pero lo abandonamos justo cuando el camino cruzaba el barranco de Poca Leña.

A partir de este momento, y siguiendo el curso del barranco, continuamos caminando por su cauce seco o rambla. Terreno arenoso, seco y con multitud de pequeñas piedras, formaba el firme por el que avanzábamos, siempre acompañados de un denso pinar.


Continuamente en ascenso, aunque llevadero, fuimos acercándonos a las primeras elevaciones que pretendíamos alcanzar. Teníamos a lo lejos el Picacho Alto pero, antes, teníamos que superar sus altas laderas.

Para ello, conectamos con un perfecto sendero que, prácticamente salía de la Vereda de la Ermita Vieja, y que nos condujo, con un sinuoso y montañero trazado, a lo largo de la ladera hasta depositarnos sobre la mismísima cordal.



Se trataba de un amplio collado con vistas hacia la parte Norte que, hasta ese momento, nos negaba sus vistas.

Una vez sobre la cordal, sólo la teníamos que seguir, sentido Sureste y en ascenso, para culminar sobre nuestra primera cumbre, pero decidimos primeramente caminar en sentido contrario para subir a la elevación más extremas de esa cordal y así recorrerla en toda su longitud.







Tras la sesión fotográfica y habernos impregnado perfectamente de las bellas vistas que desde aquí se contemplaban, bajamos de nuevo al citado collado para, ahora sí, emprender la subida hacia el Picacho Alto.

Pronto lo alcanzamos y dimos buena cuenta con nuestras cámaras fotográficas.

Aunque era de un entorno bastante árido, se trataba de un trazado muy entretenido y montañero, con vistas espectaculares y con el telón de fondo permanente de Sierra Nevada.



La propia sierra por la que caminábamos era impresionante, multitud de estribaciones a una y otra vertiente, canales vertiginosos, amplios canchales. Terreno resbaladizo formado por piedrecitas sueltas de color blanquecino.

Bajamos de esta atalaya con mucha precaución por lo comentado sobre el firme que pisábamos y enseguida nos encontrábamos de nuevo en plena cordal sobre un marcado y perfecto sendero que la recorría longitudinalmente.



La abandonamos a la altura de los Puntales del Tigre, para ir a visitarlos y sobre sus cumbres nos encontramos en un corto espacio de tiempo.





De nuevo nos dirigimos hacia esa magnífica línea que recorría toda esa arista cimera de los Alayos y que nos llevaría a nuestro siguiente objetivo, el Corazón de la Sandía.





En su base nos encontramos con un grupo de montañeros con los que mantuvimos una larga conversación, sobre todo informativa de la zona, ya que se trataba de gente que la conocía perfectamente.

Con ellos subimos por las escarpadas laderas de este pico. Un sendero perfectamente realizado que, aunque en ocasiones hacía falta el uso de las manos, no era difícil su ascenso, aunque no por ello había que perder la concentración ya que, un pequeño resbalón o tropezón podría tener consecuencias graves.

Arriba llegamos todos, además del perro de uno de ellos. Para mí, el que menos vértigo del grupo, tenía. Perro fibroso y acostumbrado a la montaña, sin lugar a dudas.



Fotos a mogollón, vistas inmejorables y, de nuevo, charlas gratificantes en una plataforma sin parangón.

Para bajar, por el mismo senderillo de subida aunque ahora el patio era más impactante. Por supuesto, el perro el primero y realizando un sube y baja continuo.



Realmente, lo que subimos fue la zona más escabrosa del pico Corazón de la Sandía, ya que la que ostentaba la cota máxima de 1.885 m era una elevación conjunta de forma cónica redondeada, donde subimos a continuación y que utilizamos como lugar de oteo y de almuerzo a la sombra de un arbusto pequeño que nos hizo de parapeto del sol reinante.




Tras la suculenta comida, a base de bocatas, frutas y algunos frutos secos, reanudamos la marcha. 

Bajamos hasta conectar con el sendero donde iniciamos la subida y bordeamos por el Sur el citado pico, colocándonos de nuevo sobre la arista cimera. Caminábamos por la zona del Tajo Blanco.





Nos desviamos de la crestería para pisar la cota más elevada de los Tajos de la Virgen, de 1.928m de altitud, regresamos a la cordal por el mismo itinerario y continuamos por ella, para buscar nuestras dos últimas elevaciones, concluyendo con la de Los Castillejos.





Pero en algún momento perdimos el sendero y, cuando nos dimos cuenta, caminábamos a una cota inferior de la que nos interesaba, así que decidimos corregir el error en ese mismo instante, lo que nos supuso una arriesgada subida por terreno muy descompuesto y resbaladizo para enderezar el despiste.

Pasado ese mal trago, y de nuevo sobre la cresta, subimos a la siguiente elevación de 1.986 m  que nos encontramos en nuestro caminar, para acometer nuestra última subida al precioso pico de los Castillejos con sus 1.978 m de altitud.

Fotos a punta pala, gozando de esas amplias vistas a 360º.










Bajamos dirección hacia el cerro del Espinar por la “Vereda de los Llanos de Marchena al pico Veleta”, pero nos desviamos hacia el Norte a la altura del Collado del Pino hasta conectar con un perfecto y marcado sendero que, durante un largo tramo, bajaba paralelo a la Cuesta del Pino y bordeando Los Quemados y los Picos de la Virgen, que los dejamos al Sur.




Nos encontramos con un poste indicativo que nos orientaba hacia el río Dílar, aunque también señalaba hacia el río Dúrcal y el cortijo del Espinar, en dirección contraria de la que procedíamos.

Siempre dirección hacia el Dílar, por una zona despejada de árboles pero con bastantes plantas de pequeño porte, por terreno pedregoso y árido, fuimos caminando hasta adentrarnos de nuevo en otro pinar, donde paramos a su sombra a picar algo.



Nos encontrábamos por la zona de los Albercones.

Prácticamente, saliendo de ese pinar, nos topamos de nuevo con otro poste informativo que, en esta ocasión, nos indicaba dos direcciones. Una hacia el collado del Pino, de donde veníamos, aunque aparentemente por otro itinerario, y la otra, la que seguimos, que indicaba hacia la Vereda de Picacho a los Alayos.



En este punto la vegetación cambió, dando paso a árboles y arbustos entremezclados. Un sendero que se internaba en un bosque relativamente frondoso. Caminamos por él durante un buen trayecto hasta que nos dejó ver todo el valle surcado en su fondo por el río Dílar. La vegetación de nuevo pasó a ser de pequeño porte y árboles diseminados de diferentes tipos, pero predominando los pinos.


Estábamos flanqueados por la propia cordillera de los Alayos, que anteriormente habíamos realizado, y las laderas opuestas, por los Arenales del Trevenque y su propia cordal. Un paisaje muy, pero que muy, montañero.


En ningún momento perdió enteros la vuelta o el regreso, respecto a la crestería realizada.

Si toda la cordal completa de los Alayos fue magnífica, el regreso a media ladera por el sendero claro y marcado que iba esquivando todas y cada una de las estribaciones además de superar barrancos espectaculares, no se quedaba atrás.

Se trataba de un sendero vivo, activo. No existía paso de barranco donde el sendero quedara engullido, deteriorado por el paso de las aguas torrenciales que, supongo, se deberían formar por estas vertiginosas laderas, aunque nosotros en ningún momento vimos un ápice del líquido elemento.

El primer barranco que tuvimos que atravesar, ya que el sendero nos llevaba en un continuo sube y baja recorriendo todo el contorno de esa orografía abrupta, fue el barranco de Juana Benítez. Un auténtico caos de bloques pétreos arrastrados en su cauce seco.


El sendero, no me canso de decirlo, era espectacular. Ciñéndose perfectamente al relieve, con un contorno muy irregular, con multitud de salientes y entrantes. Súper entretenido.

Era muy llamativo el poder ir caminando por alguna pequeña ladera, observando el tramo a recorrer, perfectamente dibujado sobre la siguiente falda a realizar.



Nos tocó, de nuevo, pasar un segundo barranco que, literalmente, se había comido el sendero. Con ayuda de las raíces de algunos árboles, a modo de pasamanos, logramos salvarlo.



La imagen casi constante del pico Trevenque, nos amenizada la jornada. El entorno era de primer orden. Los barrancos se sucedían, los pasos cada vez más complicados por lo resbaladizo del terreno, sobre todo en el cruce con el barranco de la Cañada de la Selva. Una vez superado el ansiado collado donde por fin, parecía que el sendero definitivamente se declinaba descendente.






Conectamos, después de una larga bajada, con el Barranco de la Rambla Seca, con su cauce seco, arenoso y pedregoso, por el que caminamos durante un largo trayecto, aproximadamente un kilómetro y medio, encajonados entre dos faldas inclinadas que a medida que íbamos avanzando, se iban enderezando y convirtiéndose en verdaderos cañones de paredes verticales.





El barranco describió una acusada curva de algo más de 90º y, de repente, sólo veíamos paredes verticales. Es como si hubiésemos caído en un entorno diferente del que llevábamos.

Es más, nos hizo pensar si el barranco nos iba a proporcionar una salida o nos depararía alguna sorpresa extra, de las que a veces nos hemos encontrado. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando tomada otra curva acentuada, vimos la salida de este “desfiladero” con una mole enfrente de nosotros, toda una ladera casi vertical de unos quinientos metros de altura.




Entre la salida de nuestro barranco y la citada muralla sólo se interponía, en este caso, el cauce acuático del río Dílar.


Llegamos a su orilla y,por un pequeño meandro que describían sus aguas, intentamos vadearlo, pero nos fue imposible por el caudal que llevaba, así que optamos por buscar algún paso menos complicado que no nos obligase a quitarnos botas y remangarnos los pantalones.

Buscamos a lo largo de su curso, dimos con un sendero que parecía dirigirse a la Casa de Máquinas de la Central Eléctrica y tuvimos la suerte que cruzaba el río por un puente, por decir algo, formado por cuatro troncos como suelo del mismo, de forma inverosímil y que daba mucha desconfianza, igual se trataba de un puente deteriorado por las propias crecidas del Dílar, pero que nos sirvió plenamente para cruzarlo.


Una vez en la otra orilla, dimos con un carril de tierra, pasamos junto a la Central Eléctrica limitada por una valla y sus cancelas cerradas mediante candados, y ya sólo nos quedó continuar por él hasta alcanzar el coche que teníamos aparcado algo más adelante.




Antes de llegar, como comenté al principio, nos dimos un gran homenaje en el Merendero Los Alayos, junto a las frescas aguas del Dílar, sentados en una mesa a dos metros de su cauce y con unos tercios de cervezas súper frías que estaban protegidas por unos vasos de neopreno para mantenerlas con la temperatura ideal más tiempo y de tapeo unos platos de influencia árabe.

Todo un colofón de final de ruta. Hay que volveeerrrr!!!!!

Lo peor, la larga vuelta en coche hasta Sevilla pero, que nos quiten lo bailao ¡!

DATOS DE INTERÉS DE LA RUTA:




 Si quieres el track de la ruta, pincha sobre el siguiente enlace:



2 comentarios :

  1. Esos arenales son dificilísimos de caminar... la verdad es que la ruta tiene un gran mérito, compañeros.
    No conozco esa zona, y me ha encantado el reportaje. Lo más cerca que he caminado por allí ha sido el Trevenque, y veo que es un entorno parecido. Habrá que visitarlo, así que muchas gracias por las reseñas.

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  2. Hola Franeto, tienes toda la razón, pero los Alayos son mucho más montañeros que el Trevenque. Aunque el entorno es parecido o casi diría, igual, una ruta no tiene nada que ver con la otra, en cuanto a dureza, desniveles y longitud.
    Merece muy mucho hacerla, te animo a ello, no te quedarás igual.
    Tenemos en proyecto, supongo que en primavera, para cerrar toda esta zona, realizar una ruta por Peña Madura, donde se cayó una avioneta que aún quedan restos de ella, que nos han comentado que es muy bonita, incluso mejor que las dos anteriores. Ya la estudiaremos
    Un saludo

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