viernes, 24 de enero de 2014

Circular de Cortegana a Aroche

Ruta realizada el día 16 de Noviembre de 2013.

Fuimos Concha, Mª José, Patxi, Miguel, Juan José y yo, Antonio.

Llegamos a Cortegana procedentes de Aracena por la carretera nacional que las une. Pasamos la localidad y aparcamos en el polígono industrial El Pontón.

Con mochilas a la espalda y botas de montaña en los pies iniciamos nuestra larga ruta, al principio callejeando por el polígono industrial y, más tarde, conectando con un camino de tierra que llevamos durante un largo recorrido.


El camino siempre estaba bordeado por una vegetación, espesa y variada, en la que no faltaban las encinas y, a sus pies, en cada una de las fincas colindantes, los cerdos ibéricos que no paraban de olisquear y comer todo lo que encontraban en el suelo.


Pasamos una cancela o portilla donde nos recibió un lindo y amable burrito en busca de cariño o, mejor, de alguna “chuchería”.



Se nos abrían inmensos llanos tapizados de hierba verde.


Así, caminando, llegamos a una zona, como de bosque de ribera, donde nos paramos a tomar el segundo desayuno del día. Nos encontrábamos al lado de la Rivera de Chanza, lugar encantador.




Caminamos un trayecto paralelo a ella hasta que la tuvimos que rebasar, aunque sin problemas por el poco caudal que llevaba.





Seguimos paralelos al Barranco de la Peñita y entre diferentes casas y fincas hasta que alcanzamos, tras pasar la Vereda de Aroche a Almonaster, el poblado del Hurón. Casas Abandonadas realizadas en piedras.


Observamos varios hornos, todos próximos unos a otros, y el resto de viviendas algo más retiradas. O, al menos, así lo interpreté yo.


También había un cartel que señalizaba fin del sendero del Hurón. Localizamos dos granados salvajes que aún tenían algunos frutos, unas granadas dulces y buenas que paladeamos allí mismo.




A partir de aquí, se nos acabó el camino de tierra y, por senderos, caminamos hasta una nueva conexión con el carril. Atravesamos el Barranco del Hurón y bordeamos ligeramente, dejándolo a nuestra derecha, el cerro Cabeza del Estozo.

Durante todo el trayecto estuvimos contemplando multitud de tipos diferentes de setas e, incluso cogimos algunas comestibles (incluida las Amanita Caesarea), aunque siempre con la duda, por no ser expertos en este tema ninguno de los integrantes del grupo. Bueno, salvo Miguel, que es el Rey de los Níscalos. Juan José también entiende algo, aunque desde que le comentaron que existían unas subespecies muy parecidas y peligrosas de las que él se creía entendido, se le han quitado las ganas de coger por su cuenta. Para los Níscalos, no tiene problemas.



Fuimos enlazando un carril con otro, a veces recortando entre ellos. Bordeamos el cerro Cabezo del Lillo, dejándolo a nuestra izquierda, hasta que conectamos con el definitivo que nos conducía directamente al pueblo de Aroche.






Pasamos junto al cortijo de los Comederos y el de Merendero. Caminábamos entre dos muros que delimitaban nuestra ruta.



Íbamos pasando entre diferentes casas y cortijos y, durante un buen tramo, en subida exigente que nos hizo jadear un rato. A veces, tramos del camino estaban hormigonados, sobre todo en las pendientes agudas.




Entre otras casas, caminamos cerca de la casa de Cimbero, de Marín y de la Viña hasta que, poco a poco, comenzamos a ver las primeras casas del pueblo que parecía que no lo íbamos a descubrir nunca.


Aroche es un pueblo muy atractivo con su enorme Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, prácticamente en su centro, su castillo en uno de sus extremos y todas esas calles en pendiente, muchas de ellas con escalinatas y otras con arcos e incluso túnel.






Nos tomamos unos mostos y cervezas en la plaza donde se encontraba la Casa Consistorial, junto a la calle Portillo. Hacía un día frío pero, al sol se estaba estupendamente. Tanto que nos costó trabajo proseguir con la ruta. Nos quedaba toda la vuelta.

Salimos del pueblo, en esta ocasión por la calle Luna, y continuamos por un camino de tierra. Se trataba de un sendero de largo recorrido que, a la vez, en este tramo, se trataba de un corto recorrido según nos indicaban unos letreros.


Fuimos durante un trayecto paralelos al Barranco de Rubiaco, afluente de la Rivera de Chanza, que tuvimos que cruzar, con la ayuda de algunas piedras gordas colocadas en su curso, a la altura de la casa de la Babosa.

Allí nos salieron un grupo de cochinos corriendo despavoridos. Para mí, que le pueden hacer competencia a los galgos!!!




Tras superar este último escollo, el trazado de la ruta discurrió durante un largo tramo, paralelo a la carretera nacional a una cota más alta, por un carril de tierra flanqueado por dos vallas metálicas que impedían, de alguna manera, que toda la maleza vegetal frondosa que se encontraba a ambos lados penetrara en el camino.






Nos topamos con una diversidad vegetal impresionante desde setas, hierba, plantas, matas, arbustos y árboles, entre ellos muchos madroños, durante todo el recorrido.


A veces, entre las copas de los árboles, se vislumbraba la cordillera de la sierra de Aroche, hacia el Norte, y al Sur, bordeábamos los cerros del Quejigal y de los Quejigales. Así continuamos hasta la altura del cortijo de Jabaca, donde el camino era limitado por grandes alcornoques y comenzaban de nuevo las grandes extensiones de terreno con cerdos ibéricos.




Nos cogió la noche, nos pusimos los frontales y, ya por carretera, tras dejar a nuestra derecha el Alto de Jabaca y el cerro de la Camorras, nos dirigimos casi en línea recta hacia el polígono industrial.


Llegando, pasamos cerca del cortijo de Valconejo y entramos al polígono casi rozando la carretera general.
Una vez en los coches, tras el cambio de botas y algo de ropa y con un frío exagerado, realicé mi última foto de una Cortegana nocturna con su castillo al fondo y en lo alto, desde nuestra ubicación.


Ya en Tomares, repusimos las sales minerales perdidas.

DATOS DE INTERÉS DE LA RUTA:





Si quieres el track de la ruta, picha sobre el siguiente enlace:

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=6010503

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