miércoles, 16 de diciembre de 2015

SIERRA DE LA CUEVA. CUEVAS DEL BECERRO

Ruta realizada el día 15 de Noviembre del 2014.

Fuimos Patxi, Juan José y yo, Antonio, a descubrir la Sierra de la Cueva. Tras explorar el IGN, descubrimos la Sierra de la Cueva y, al buscar información sobre ella, vimos oportuno darnos una escapada por la zona.

Procedentes de Sevilla y por la autovía hacia Málaga, nos desviamos, a la altura de Osuna, hacia el Saucejo, Almargen, Cañete la Real y en último lugar hacia Cuevas del Becerro.

Dejamos el coche en una de las calles del pueblo, próxima a la salida hacia Ronda y cerca del Nacimiento.

Con mochilas a la espalda y botas de montaña en los pies, iniciamos nuestra larga ruta proyectada por Juan José. Lo primero que hicimos fue dirigirnos hacia el famoso nacimiento que hay en esta localidad.

Un lugar que han convertido en una zona para pasar un agradable día de recreo, con sus canalizaciones, vallas, mesas y asientos. No en la fecha en la que fuimos pero, más adelante y con el tiempo que tenemos en el Sur, se podría estar la mar de agustito aquí.




Tras las numerosas fotos a sus fuentes y canales perfectamente adaptadas a ese entorno, proseguimos nuestra andadura caminando por un acerado de losas, con más mesas colocadas en sus alrededores, hasta que nos salimos, campo a través, para subir, por su máxima pendiente, al cerrillo en cuya base estaba situado el Nacimiento.




Sobre el pequeño cerro, las vistas de la población bajo nuestros pies bien valían el esfuerzo de subirlo. Por lo visto, aquí hubo un antiguo castillo. Desde luego, la ubicación no podría ser mejor.

Se subía cómodamente  por su ladera, entre hierbas y algunas rocas repartidas. Curiosamente, si no recuerdo mal, había árboles (creo que se trataba de almendros), que me llamaron muchísimo la atención pues, la mayoría, tenían sus troncos revirados y retorcidos, como si se hubiesen enroscado respecto a su propio eje.

De este cerro pasamos al siguiente entre los almendros, atravesando un bajo muro de piedras, para dar con un claro y marcado sendero que utilizamos para ir ascendiendo hacia el siguiente cerro del recorrido, La Fuentezuela.





Más bien se trataba del extremo rocoso de una curiosa y entretenida cordal caliza. Por supuesto para acceder a ella, abandonamos el cómodo sendero y, como las cabras y entre rocas, progresamos hasta conseguir alcanzar su divisoria. Después, por la mismísima línea de cumbres, por su divisoria, la fuimos recorriendo.

Un inmenso placer (no lo esperábamos), encontrarnos esa primera cordalita tan disfrutona.

La recorrimos por su cumbre, pasando de piedra en piedra y evitando los cortados que, de vez en cuando, encontrábamos. Poco a poco, llegamos y alcanzamos su parte más alta, El Castillejo.







Terminamos el resto de cordal, en esta ocasión en leve descenso y buscamos la mejor opción para bajar completamente de ella, para continuar con el siguiente objetivo, la siguiente elevación en el camino.

Nos dirigimos, siempre campo a través, hacia los campos de siembra y olivares que se situaban entre nosotros y el cerro del Castillón, perpendicularmente a la dirección de la cordal recorrida anteriormente.




Al llegar a la altura de los olivos, dimos con un carril de tierra que tomamos en dirección contraria a la que traíamos caminando por la cordal.

En nuestro camino nos topamos con un vallado que recorrimos perimetralmente y nos obligó a desviarnos algo de la dirección que llevábamos al tener que bordearlo.

Terminada la extensión privada de terreno vallada, la volvimos a bordear, pero ahora, con la dirección que nos interesaba. Directos hacia el Castillón.

Pasamos la vaguada que formaban las laderas del Castillejo y la del Castillón, desde donde se percibían los grandes paredones verticales sobre los que pretendíamos caminar.

Comenzamos el ascenso hacia el cerro, campo a través, insisto, y por un mar calizo; de piedra en piedra; nuestro máximo disfrute!!

Pegados al borde vertiginoso, pateábamos y, poco a poco, conseguimos encumbrar la citada elevación. El Castillón, un auténtico mirador natural privilegiado, y un día espléndido, despejado, soleado, idóneo para fotografiarlo desde todos los rincones, como hicimos.









Continuamos por la dorsal hasta que los bloques de piedras fueron transformándose, adquiriendo grandes tamaños y era difícil seguir avanzando. Buscamos algunas alternativas bajando ladera abajo por un lateral donde dimos con otro sendero que nos llevó por el lateral de otro olivar.

Nos topamos con otro vallado, que seguimos un corto recorrido por el exterior, alcanzando el camino de tierra que nos llevaría al Puerto del Saltillo, junto al cortijo de Calle. Caminamos por él un corto tramo. Podríamos haberlo seguido algo más, aunque preferimos abandonarlo para acceder a la Cañada Real de Granada y Córdoba, que debíamos cruzar, pero nos encontramos con una gran cancela que nos impedía el paso hacia la Sierra de la Cueva, nuestro siguiente objetivo.

Por no saltarla, la bordeamos (era la ruta de bordear vallados) dejando el vallado a nuestra derecha, en ascenso, pero llegó un momento en que nos encontramos otro vallado en nuestra dirección así que, sin poder evitarlo, tuvimos que realizar nuestro primer salto de valla dirección a la Sierra.




Anduvimos un largo trayecto por un camino algo deteriorado pero claro (marcado en el IGN, como uno de esos de toda la vida), entre encinas principalmente, aunque, a medida que ganábamos altura, la arboleda fue desapareciendo. Sin embargo, el matorral de bajo porte iba ganando en extensión y en cantidad.

Pasamos cerca de lo que podrían ser calles en bruto, la infraestructura de una posible urbanización que, por algún motivo, nunca se construyó. Al principio, nos pareció incluso un circuito para motocross o algo parecido pero, al verlo de cerca y ver las tapas de registros y otros elementos, nos quedó claro de qué se trataba.



Esta senda carril, nos iba alejando paulatinamente de nuestro objetivo que no era otro que alcanzar la cota máxima de esta sierra. Se caminaba cómodo aunque nos envolvía un tupido matorral que no daba la impresión de dejarnos caminar por donde quisiéramos, pero nos alejaba del poste geodésico, por lo que decidimos, campo a través, dirigirnos hacia la elevación.

Con paciencia y buscando los mejores pasos, fuimos esquivando la vegetación y acercándonos a la parte rocosa, lugar donde no tendríamos obstáculos.

Ya por calizas y con paso firme, sorteando los clásicos cuchillares, grietas y dolinas que existen en este terreno, nos acercamos a la cumbre de este macizo.

Alcanzado y pisado con respeto, sesión fotográfica y lugar de avituallamiento, el pico Colorado, con sus 1.054m de altitud, fue conquistado.






Aún nos quedaba mucho recorrido por realizar así que, sin mucha demora, continuamos con nuestro itinerario. En suave bajada, caminamos por la amplia y desdibujada cordal, más bien una amplia plataforma, tapizada de hierba verde y rocas calizas. Pronto alcanzamos su extremo, no sin antes encontrarnos con una altísima torre estrecha y esbelta de comunicaciones con largos y numerosos tirantes para mantener su verticalidad.



Bajamos de nuevo de cota, entre rocas calizas que formaban una especie de pared que dividía la amplia extensión de la cima del resto de la sierra. Ya sobre la vasta superficie, continuamos caminando utilizando sendas marcadas, seguramente del ganado, por un terreno donde predominaba la caliza, aunque algo diseminada, donde las hierbas y arbustos comenzaron a hacer mayor acto de presencia.

Con paso rápido, nos dirigimos hacia la primera elevación llamativa que nos encontramos. Se trataban de una serie de cumbres, completamente de piedras calizas, con sus estratos algo inclinados que le daban un aire muy llamativo.

Vamos, a nosotros no nos tienen que poner un “cebo para picar”!!! Para allá que nos fuimos flechados a subir a esa mole pétrea. Ojeando el GPS, vimos que se trataba del Cerro de los Tercios.

Pico entretenido de subir con unas magníficas vistas. Fotos para inmortalizar el momento y para abajo, al siguiente. La verdad es que no nos poníamos de acuerdo. Existían varios picos, relativamente alineados, y unos querían subir a todos y otros querían ir a los más representativos y no desviarnos de la ruta principal. Optamos por una intermedia, subir a casi todos; alguno se dejó.











Terreno calizo, con matorral y arbusto rodeando las piedras aunque te permitía el caminar buscando los pasos más cómodos. Aunque existía una senda algo marcada, al estar desviándonos a cada uno de los picos que nos encontrábamos, la verdad es que no la utilizamos lo suficiente.

Del cerro de los Tercios, pasamos al de los Frailes y tuvimos que superar un vallado, que lo rodeaba completamente, para alcanzar su cumbre formada por grandes bloques pétreos en su parte superior. Vistas amplias e inmejorables.

De este último pasamos al siguiente, que carece de nombre en el IGN, del mismo tipo. Calizo 100%, formado por diferentes estratos calizos y algo inclinados y, para mi gusto, uno de los más espectaculares, con un pronunciado torreón de piedra con cortados laterales.







Continuamos caminando, prácticamente dirección Norte, siempre por roquedo y, en ocasiones, haciendo uso de las manos, hasta que llegamos al último punto alto de esta amplísima plataforma que tiene la Sierra de la Cueva, por la zona de Piedra de Molino. Desde lo alto de esas rocas, debatimos las dos opciones que teníamos para regresar realizando la circular.

La primera opción era la de bordear esa gran plataforma por el Norte e invertir el sentido de la ida para regresar al pueblo.

La segunda, la que hicimos, fue bajar de esa inmensa plataforma con dirección hacia el cortijo de Prado Medina, aprovechando la vaguada que por esa zona se formaba, a la vez que seguíamos un marcado sendero aunque, para enlazarlo, tuvimos que bajar entre rocas y algo de maleza.

Mientras descendíamos de la parte superior, las vistas que teníamos enfrente eran de planicies parceladas y cultivadas.











En el principio de este descenso dejamos al Norte, a nuestra izquierda, la zona conocida con el nombre de Juan Durán, lo que podría ser un simpático torcalito, que daba la impresión de ser bastante atractivo y curioso de patear. Pero la hora primaba!!! La luz se nos iba escondiendo y había que salir de allí lo más rápido posible, no fuese que nos encontráramos con alguna que otra sorpresa.

Se trató de un descenso flanqueado a ambos lados por paredes rocosas que nos iban guiando, como por un pasillo natural, para depositarnos sobre otra manga herbosa que cambiaba de dirección.

Dejamos la dirección hacia el cortijo de Prado Medina para tomar al del cortijo Nuevo, dirección Norte.

Anduvimos por una llanura amplia, siguiendo un desdibujado sendero, donde los únicos impedimentos que teníamos eran grandes plantas de retamas que, de vez en cuando, debíamos sortear. Entre tanto, la noche se nos iba echando encima a pasos agigantados.

Con la mínima luz que nos quedaba, divisamos el carril que nos conducía al citado cortijo y nos dejaría sobre el otro carril “Cañada Real de Serrato a Cuevas del Becerro” que deberíamos seguir para llevarnos de vuelta al pueblo.

Este primer carril era un trayecto corto que unía unas cabañas con el cortijo Nuevo y servía de límite, por uno de sus bordes, a un campo de olivos. Caminando sobre él escuchamos los ladridos de perros del cortijo, cosa que siempre nos preocupa por si alguno anda suelto (menuda faena sería ese detalle), pero tuvimos la suerte de que estuvieran amarrados o con más miedo que nosotros, nunca lo descubrimos.

Ya solo nos quedó caminar, con paciencia y a oscuras completamente, el largo trayecto de carril que nos quedaba, haciendo uso de los frontales tanto para alumbrarnos como para señalizarnos cuando se aproximaban los vehículos, que pasaron varios.

Por fin, entramos en las primeras calles del pueblo de Cuevas del Becerro, poco iluminadas, hay que decirlo. Apagamos los frontales y, sin pensarlo mucho, entramos en el primer bar que nos encontramos para bebernos una fresca y merecida cerveza.


Continuamos callejeando siguiendo, en algunas calles, el curso del río de las Cuevas, procedente del nacimiento donde estuvimos por la mañana, que tenían muy bien acondicionado e integrado en sus calles.



Llegamos al coche donde, tras cambio de calzado y alguna prenda, salimos flechados para nuestro bar favorito situado en Montellano, el bar Rural.

DATOS DE INTERÉS DE LA RUTA:




Si quieres el track de esta ruta, pincha sobre el siguiente enlace:

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