domingo, 22 de febrero de 2015

Subida al Cerro del Caballo (3.011m) desde Nigüelas. Sierra Nevada

Ruta realizada el día 14 de Junio del año 2.014.

Fuimos Patxi, Juan José y yo, Antonio.

Comienzan los calores y el patear, en la mayoría de las sierras del Sur peninsular, comienza a ser un suplicio con la salvedad de Sierra Nevada que, por su altitud, mantiene, incluso en verano, unas temperaturas aptas para la realización de esta actividad.

Además, para mí, se reanuda el proyecto de los tresmiles de Sierra Nevada. Los tengo en una pestaña de este blog justo encima de esta entrada.

Nos desplazamos desde Sevilla hacia Granada, por la autovía. Luego, tomamos dirección hacia Motril y, a continuación, en la salida hacia Nigüelas, nos desviamos.

 Atravesamos el pueblo hasta cruzar, por un pequeño puente, el río Torrente que, aunque no muy caudaloso, si portaba aguas transparentes.

A partir de este instante, el carril, asfaltado al principio, se tornó en fuerte pendiente ascendente y con numerosos zigzag para suavizar su severidad.

Algo más arriba, dejamos el asfalto y se transformó, hasta la zona donde aparcamos, en un carril de tierra donde no aconsejo meter un turismo a no ser que no se le tenga demasiado aprecio. Cierto es que vimos algunos aparcados que llegaron a la misma zona. Cada uno que lo valore ¡!

Aparcamos sobre el mismo carril, en un pequeño ensanchamiento al pasar una casita, junto a la fuente de Mailópez de la que nace el arroyo del Tranco.

Con mochilas a la espalda y botas nuevas, Boreal, de montaña en los pies, iniciamos nuestro itinerario con el propósito de conquistar el pico o Cerro del Caballo, de 3.011m de altitud, para anotar un nuevo tresmil en mi listado de picos en esta sierra y regresar por el curso del río Lanjarón.

Avanzamos un buen tramo por el propio carril por el que llegamos en coche. Este cortaba la ladera de color verde con tonalidades amarillas plagadas de plantas de bajo porte y típicas de alta montaña, y la separaba mediante una banda terrosa marcadamente diferente.


Atravesamos el Barranco del Toril, teniendo enfrente la enorme Loma de los Tres Mojones, con algunos neveros repartidos en sus zonas más altas.


Desde este punto observábamos un extenso trazado del carril y, a lo lejos, se veía una acusada curva que salvaba un arroyo que discurría por debajo. Hasta allí llegamos avanzando tranquilamente por el camino.


Aquí abandonamos el cómodo carril y comenzamos nuestra “eterna” subida hacia el Caballo por el mismo barranco, denominado Prado Largo, prácticamente campo a través. Por momentos, avanzábamos por el mismísimo cauce, con un pequeño hilillo de agua, o apartados de él.





A esa zona, según el IGN, se le conoce por Rinconada de Nigüelas y Prado de Isidoro.

Laderas tapizadas de plantas adaptadas a las altas cotas y, entre ellas, algunas zonas despejadas con lascas sueltas

A medida que ascendíamos, la vegetación se fue perdiendo y las laderas comenzaron a ser una superficie de multitud de piedras de diferentes tamaños, principalmente en forma de lascas sueltas.



Alcanzamos nuestro primer nevero y, como niños chicos, nos lanzamos hacia él dando rienda suelta a nuestra imaginación más infantil. Vamos, que “hicimos un rato el ganso”!!!



Conectamos con un marcado sendero cuando subíamos por la ladera dirección hacia la Loma del Caballo, dirección Este, próximos a las Chorreras de Prados Colorados.

Este sendero nos cambió la dirección y, prácticamente, nos condujo alineados hacia el tresmil.





Íbamos a una cota algo inferior a la propia divisoria de la Loma del Caballo, de perfil formada por algunas elevaciones redondeadas y suaves. Terreno pedregoso de piedras sueltas y despejado de vegetación.

Divisábamos la mayor parte de la Loma de los Tres Mojones, por debajo de nosotros, y la inmensa ladera del propio Caballo, frente a nosotros. Nos asomamos previamente a una de esas elevaciones de que se componía la larga Loma, alcanzando a ver la inmensa cordal de la Loma del Cañar (futuro objetivo de ruta).


Fuimos poco a poco subiendo por la ladera, y a la vez de cota, cuando percibimos que lo que subíamos era una ante cumbre previa al Caballo, descubriendo las caras más abruptas de este pico y dos grandes neveros desparramados hasta el fondo del valle del Lanjaron, por la zona del Hoyo del Zorro.

Aquí nos dimos cuenta de lo que es la alta montaña, paredes verticales, tajos de impresión. Todo ello salpicado de manchas blancas de los diferentes neveros existentes.

Coincidimos con el más numeroso rebaño de cabras monteses que he visto hasta ahora y que obligamos a levantarse e irse metros abajo por pasar nosotros por su lugar de descanso.






Por fin alcanzamos la máxima cota de este recorrido, el Cerro del Caballo, 3.011m de altitud, con su poste geodésico adornado con un aro de telas de colores, estilo nepalí.

El Caballo es un lugar privilegiado por su ubicación. Las vistas de Sierra Nevada son verdaderamente una joya. Da la impresión de estar en una torre situada en lo alto del valle del Lajarón, con una visión longitudinal del propio valle flanqueado, a un lado, por la cordal que contiene a los Tajos Altos hasta el Tozal del Cartujo, y por otro lado, de la Loma del Cañar a los Tajos de los Machos uniéndose a la altura del refugio de Elorrieta y, de fondo, los tres monstruos, el Veleta, Mulhacén y Alcazaba. Un lujo para los sentidos, un mirador envidiable.


Allí comimos y gozamos de esas magníficas vistas durante un amplio periodo de tiempo.



Contemplábamos a vista de pájaro la laguna del Caballo y su refugio, de nombre homónimo.





Tras el merecido descanso, emprendimos la bajada dirección a la Cuerda Media, dirección Norte, contemplando al numeroso rebaño de monteses tomando el sol algo más retiradas que en la subida. Sobre la Cuerda, cambiamos de dirección, en este caso Este, hacia la laguna, obligándonos a superar un nevero bastante inclinado que aún quedaba en esa zona.




Llegados a la laguna, la recorrimos por su contorno. Aguas trasparentes y frías, con su contorno característico, similar al bocadillo de los comic, cuyo pico era el desagüe de la misma que, en época de deshielo, produce una impresionante catarata.

Nos acercamos también al refugio, de sección semicilíndrica, con algunos bancos, una pequeña mesa y algunas repisas; un suelo hormigonado y su chimenea algo rústica.





Desde aquí fuimos bajando paulatinamente dirección a la laguna de Nájera, teniendo como fondo de escenario todo el valle por donde discurría el río Lanjarón y donde, finalmente, queríamos llegar.

Pasamos junto a unos aportes ferruginosos y entre algunos neveros, hasta que alcanzamos la segunda laguna que meaba o alimentaba al Lanjarón.





Prácticamente, la totalidad de este arroyo, estaba cubierto por un largo nevero que lo cubría en forma de túnel y que nos dejó un hueco para internarnos y recrearnos como espeleólogos en un mundo de hielo. Fue muy entretenido, aunque terminamos algo mojados “por jugar con hielo”.









Terminamos sobre el mismo curso del Lanjarón, en el fondo del valle, con toda la parte baja de la ladera contraria a la nuestra con unas grandes palas nevadas longitudinales al río.



Allí nos sentamos, nos relajamos nuevamente con este magnífico espectáculo, tomamos algunas frutas y de repente ¡! Mis dos compañeros se me echan una siesta reponedora ¡! Me dejaron tirado y aburrido durante un cuarto de hora. Eso no es justo ¡!


Yo me encontraba en ese momento en desventaja frente a ellos. Yo, a media batería y, ellos, con plena carga.

No lo volverán a hacer ¡?

Continuamos, junto al curso del Lajarón, descendiendo suavemente por un marcado sendero que nos llevaba paralelo a cierta cota aunque, en ocasiones, nos llevaba a su mismo cauce.

Aún quedaban borreguiles, en ambas laderas, alimentando el caudal del curso fluvial principal. Este recorrido era relajante y bello. Nos parábamos en todos sus rincones y saltos de agua, muchos de ellos techados por una cúpula nevada que les daba un encanto especial.







Pasamos bajo el Tajo de los Machos, los Tajos del Cortadero, por donde se derramaban láminas de agua proveniente de la laguna del Caballo y el Lavadero de la Reina.



En algunos puntos el grosor de nieve acumulada en los neveros era impresionante.




Pasamos por laderas, tapizadas de verde por la hierba, junto a tonalidades y manchas amarillas debido a la abundancia de florecillas de ese color. Por supuesto, de nuevo nos topamos con el animal clásico de estas latitudes, las monteses.


Era un recorrido precioso, agua, nieve, verde vegetal y la multitud de regueros que caían desde las laderas a cada paso. Es difícil explicar la sensación que se siente en esos momentos.



Recorrimos un largo trayecto junto al curso fluvial hasta que llegamos a una pequeña presa donde nacía una acequia y era regulado el caudal. En este punto nos despedimos del Lajarón y nos fuimos, progresivamente, separando de él siguiendo el trazado de la acequia.



A partir de este punto, el río Lanjarón se transformó en un curso mucho más accidentado y encajonado entre paredes verticales bajando de cota, respecto a nosotros, de forma muy extrema, de tal manera que, a medida que avanzábamos por la acequia, la diferencia de altitud respecto al río crecía enormemente y, cada vez, lo veíamos más profundo sobre el valle.



Caminando junto a, y a veces, sobre la propia acequia, pasamos por debajo de las Chorreras de Prados Colorados para, más tarde, caminar por la zona de Hoya Prados y terminar sobre la Loma del Piornal. Siempre guiados por esa acequia que, en todo momento, iba tapada en la mayoría del trayecto por planchas o grandes lascas de piedras del propio entorno.

En contadas ocasiones, estaba destapada observándose el curso de agua que llevaba, que no era mucha.

Pasamos el Barranco Hiniestral, que llevaba un buen aporte de agua, formando bellos saltos que aprovechamos para fotografiarnos y, de camino, observar los parapentes que, en esos momentos, volaban por encima de nosotros.



De nuevo, nos encontramos con cabras monteses que corrían como locas, y sin aparente esfuerzo, sobre un terreno difícil.






Curiosamente, cambió el tiempo y se formaron unas nubes negras sobre nosotros, y principalmente por la zona del Veleta, que comenzaron a descargar agua, obligándonos a ponernos los cortavientos. Por suerte, duró poco tiempo.




Llegamos a una especie de pequeña alberca o gran ensanchamiento de la acequia, aunque la acequia continuaba y nosotros con ella. Había tramos que parecían, más bien, zanjas similares a las cunetas de las carreteras secundarias y, otros, donde estaban construidas con mucha mayor sutileza, formadas por piedras perfectamente colocadas aunque, según mi criterio, poco impermeable. Es decir, que me daba la impresión de que se tenía que perder mucha agua en ese traslado.



Pasado ligeramente el refugio de Ventura, situado aproximadamente unos cincuenta metros debajo de nosotros, abandonamos nuestra ya amiga acequia, más o menos, a la altura de unos pinos muy torcidos y algo secos que se quedaron a nuestra izquierda en el sentido de nuestra marcha.



A nuestra derecha había un inmenso dado rocoso donde un enorme macho montés nos miraba y vigilaba totalmente tranquilo y curiosón.


Subimos por la ladera de los Tajillos, campo a través, encontrándonos con un numeroso grupo de machos monteses, algunos de ellos batiéndose con las cornamentas.


Alcanzamos la cuerda divisoria. Mirando hacia el Norte, veíamos el Morrón de los Cocones y, algo más al Noreste, el Caballo de donde procedíamos.


Descendimos, ahora por la otra ladera, campo a través, hasta conectar con un carril ancho de tierra del que recorrimos un corto trayecto ya que, rápidamente, lo abandonamos, siempre con dirección Norte.



Enlazamos con un sendero, a continuación, salvando el barranco de Juan de la Villa. También lo dejamos casi al momento, terminando todo el trayecto básicamente campo a través, prácticamente hasta dar con el coche.



La peor zona fue la que encontramos al atravesar el siguiente barranco, por donde pasaba el arroyo de las Cárdenas, principalmente por la abundancia de vegetación punzante. Dimos con una pequeña alberca o fuente por la zona de Loma Tatai y ya, sólo nos quedó bajar el resto de la ladera hasta conectar con el carril donde, a pocos metros, teníamos el vehículo.





Cambio de calzado y algunas prendas y, como cohetes, de vuelta a Sevilla para reponer fuerzas y sales minerales en un bar de Tomares.

DATOS DE INTERÉS DE LA RUTA:


Carril de acceso desde Nigüelas, en vehículo, al punto de inicio:



Siquieres los track de la ruta, pincha sobre los siguientes enlaces:

Acceso en vehículo:

Ruta:

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